Extraído de “Aquellos eran los días” de Donald Davies

La agricultura en el oeste de Gales en el siglo XIX (parte 25)

Los inventores en los primeros años del siglo XIX habían notado que el motor de vapor portátil se había hecho en muy popular y muchos se esforzaban por ser el primero en producir el primer automóvil en movimiento.

Ese honor recayó en aquellos famosos fabricantes de implementos, Hijos de Ransome y Jeffries de Ipswich, quienes produjeron en 1841 lo que se considera el primer motor agrícola. Este fue un gran paso adelante, y al año siguiente, esa fabrica ya había modificado la máquina, permitiéndole transportarse para mover una pequeña trilladora.

En 1851 se celebró la Gran Exposición en Hyde Park, Londres, y a partir de ese momento los motores autónomos o motor de tracción comenzaron a aparecer en mayor número.

Un gran número de estas máquinas, se convirtieron motores de vapor portátiles, y a medida que los años pasaban estos progresaban al ser agregadas fiables modificaciones. Se estaba en plena era del vapor, y las máquinas de vapor movían los ferrocarriles, las fábricas, los barcos y también la agricultura.

Durante varios años había sido el sueño de estos inventores de motores de vapor producir un motor de tracción para arar los campos. Todos sabían que el motor en sí era demasiado pesado para arrastrar un arado a través de la tierra, por lo que había que encontrar otro medio.

El primer hombre que ideó un método viable fue un granjero de Wiltshire llamado John Fowler y en los años que siguieron ese nombre se convirtió en sinónimo de motores de tracción. Su primer intento fue en 1850 utilizando un motor de vapor portátil, equipado con un cable que arrastraba un arado. Los resultados fueron alentadores, por lo que Fowler siguió con sus experimentos.

En 1858, la Royal Agricultural Society ofreció un premio de 500 libras esterlinas por el mejor sistema mecánico para arar, y esto fue ganado por Fowler, y en 1860 produjo el primero de los famosos motores de tracción Fowler, equipado con un tambor de cable, montado debajo el motor. Estos motores eran lo suficientemente poderosos para realizar la pesada tarea de arar los grandes campos ingleses. Esos motores funcionaban de a pares, uno a cada lado del campo y se enfrentaban a la dirección del trabajo. El arado estaba unido a cada extremo del cable, y cada motor trabajaba alternativamente tirando de él a través del campo, mientras que el otro permitía que su cable se desenrollar. El método era excelente para el arado profundo, y las máquinas eran compradas por los contratistas, que trabajaban en las grandes fincas del país.

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Pero había cuestiones legales por venir. Los caminos del país no habían sido construidos para soportar el peso de estos “caballos de hierro”, y el daño causado causó provocaba problemas con los propietarios de las carreteras y camnos y también con las autoridades locales.

La gente y los animales estaban aterrorizados por el acercamiento de estos monstruos de hierro, lo que finalmente resultó en leyes que establecieron que estos motores de tracción sólo podían viajar después de la puesta del sol, es decir en la oscuridad y a una velocidad máxima de dos millas por hora.

Estas restricciones no afectaron demasiado a las máquinas agrícolas que estaban trabajando, pero las ventas de los motores de tracción disminuyeron a medida que los compradores se sintieron desanimados y postergados.

En 1865 se introdujo la Ley de Locomotoras que establecía que los motores de tracción tenían que viajar a no más de dos millas por hora en las zonas urbanas y en el campo a cuatro millas por hora. También que un asistente portando una bandera precedía al motor, advirtiendo a todos y cada uno de su aproximación.

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Lo que ayudó considerablemente fue la invención de Thomas Arding de un rodillo rodante. Arding había notado que las pesadas máquinas de vapor rodaban en la piedra suelta, mejorando así la superficie de la carretera. Los rodillos de carretera estaban en la demanda, y los fabricantes de motores de tracción eran todos los productores.

A pesar de todas las restricciones y disposiciones para su traslado, la producción y mejora de los motores de tracción continuaron, y a finales del siglo, máquinas agrícolas de todos los tamaños fueron exportadas a distintas y distantes partes del Imperio británico.

https://www.ceredigion.gov.uk/utilities/action/act_download.cfm?mediaid=45333&langtoken=eng

Traducción: Ricardo E. Garbers – Enero 2017